Por Isidro Soloaga
Tuvimos la suerte de tener a John Roemer (Yale University) dando una serie de conferencias la semana pasada en el marco de la cátedra Victor Urquidi y en colaboración entre el CEE del Colmex y el EGAP del Tec de Monterrey Campus Sur. En una de ellas, Roemer presentó el estado de la discusión sobre qué significa igualdad de oportunidades y detalló algunas de las aplicaciones empíricas. En términos conceptuales, podríamos definir como igualdad de oportunidades a aquella situación en la que factores fuera del control de las personas (sus “circunstancias”) no tienen influencia sobre los niveles de bienestar a la que ésta accede durante su vida. Por ejemplo, y para el caso de una niño/niña de 6 años, ni la escolaridad alcanzada por sus padres, ni la ocupación del padre, ni los componentes étnicos o de localización geográfica, deberían influir en, por ejemplo, la probabilidad de que esa niña/niño tenga acceso a condiciones de vivienda dignas, a una alimentación adecuada, a buenos cuidados de salud y al acceso a educación de calidad. Simplemente, no sería ético hacer responsable a la niña/niño por las condiciones del hogar en el cual crece. En aplicaciones empíricas realizadas por el Banco Mundial para un conjunto de países latinoamericanos, se encontró que estos 5 factores mencionados (escolaridad alcanzada por sus padres, ocupación del padre, componentes étnicos y de localización geográfica) explican al menos entre el 30 y el 50 % de las desigualdades individuales encontradas en ciertos indicadores de bienestar de los niños y niñas.
Ahora bien, estos 5 factores son indicadores “duros” de las condiciones en las cuales crece el niño/niña. ¿Qué pasa con la influencia sobre factores que son de más difícil observación? En particular, y continuando de alguna manera lo expuesto en una entrada anterior de este blog por Carlos Chiapa en Aspiraciones de los pobres expuestos a profesionales, ¿en qué medida los condicionantes familiares (las “circunstancias” en la terminología de Roemer) influyen también en la capacidad de aspirar de la generación jóven?
A continuación se muestran las aspiraciones educacionales (divididas en “menos que licenciatura”, “licenciatura” y “más que licenciatura”) que los padres y madres tienen para hijos e hijas de entre 12 y 18 años, tomando en cuenta el nivel de escolaridad del padre /madre. Tomemos dos casos extremos: ¿cuál es la probabilidad de que un padre/madre sin escolaridad aspire para su hijo/hija una escolaridad menor que licenciatura?: cerca de 80%, siguiendo el panel 1 del gráfico. ¿Cuál es esta misma probabilidad para un padre/madre con escolaridad igual a licenciatura?: alrededor de 15%, siguiendo el mismo panel 1 del gráfico. A su vez, y ahora siguiendo el panel 2 del gráfico, ¿cuál es la probabilidad de que un padre/madre sin escolaridad aspire para su hijo/hija un nivel de licenciatura?: cerca de 30%. ¿Cuál esa misma probabilidad para un padre/madre con escolaridad igual a licenciatura?: casi 70%. Ese es el tamaño en la brecha de aspiraciones educativas para los hijos, aún luego de controlar por otros factores, tales como el nivel de riqueza del hogar y variables demográficas (número de miembros por edades en el hogar, sexo del padre/madre presente en el hogar, hogar monoparental, sexo y edad del niño/niña). En la medida en que estas diferentes aspiraciones estén ligadas a niveles de esfuerzos familiares diferentes para la consecución de esas metas (cosa que parece haber encontrado Macours y Vakis en Changing Households. Investments and Aspirations through Social Interactions: Evidence from a Randomized Transfer Program (2009)), los condicionantes que enfrentan niños para elegir qué camino seguir en la vida se verán altamente estratificados en la sociedad mexicana, ejemplificada aquí con el área metropolitana del DF, tomado de Trabajo de base para el Informe regional de Desarrollo Humano 2010 (mimeo), de Altamirano, López – Calva y Soloaga:

Probabilidades de que un hogar con padre/madre de determinada escolaridad (eje de las equis) aspire a: menos que licenciatura (panel 1), licenciatura (panel 2), más que licenciatura (panel 3)
Esta estratificación también se observa en las aspiraciones que los jóvenes tienen para su propia escolaridad. El gráfico siguiente, del mismo Trabajo de base para el Informe regional de Desarrollo Humano 2010 (mimeo), muestra los porcentajes de jóvenes que aspiran a: “menos que licenciatura”, “licenciatura”, “más que licenciatura”, de acuerdo al nivel socieconómico del hogar en el que viven. La estratificación es clara: mientras que el 87% de los jóvenes viviendo en el estrato socioeconómico más bajo aspira a licenciatura o menos (63%+24), este porcentaje es casi 30 puntos porcentuales menor (59%= 52%+7%) para aquellos jóvenes viviendo en hogares del estrato socioeconómico más alto. ¿Cuál es la principal diferencia? No tanto en los porcentajes de jóvenes aspirando a una escolaridad universitaria, sino en los porcentajes muy distintos de jóvenes aspirando a niveles de posgrado (41% en el NSE más alto vs. 13% en el NSE más bajo).
Dada la naturaleza de corte transversal de los datos y en ausencia de instrumentos apropiados, los resultados presentados aquí deben interpretarse como asociaciones y no como causalidad. Estas asociaciones son muy sugestivas e indican la necesidad de tomar en cuenta factores multidimensionales en el análisis de la transmisión de la pobreza y la desigualdad. En particular, y dada su relativa escasez, se necesitan más análisis que miren a factores “que no se ven”, tales como las aspiraciones y el empoderamiento (capacidad de actuar sobre las metas que considera valiosas) de las personas a la hora de intentar nivelar el terreno de juego con políticas públicas.
Isidro Soloaga es Doctor en Economía por la Universidad de Maryland. Actualmente labora como profesor – investigador en El Colegio de México.


